Este es el capítulo que más nos costó contar. Nos fuimos a Uruguay a trabajar en la combi con muchísima expectativa, le pusimos horas, masilla, lija y cariño… y el proyecto no terminó como esperábamos. Volvimos a Argentina sin combi, pero con un aprendizaje enorme. Acá está todo lo que pasó.
Manos a la obra en Montevideo
Mientras esperábamos a Juan, que estaba en México, decidimos adelantar nosotros para no quedarnos en tiempo muerto. Y le metimos de todo: lijamos bordes durante días para poner burletes nuevos, tapamos agujeritos para que no entrara agua, rellenamos con masilla, aprendimos a trabajar la fibra de vidrio en los zócalos, pintamos, aseguramos el piso para que no hiciera ruidito y hasta sacamos el tren delantero original de principios de los 60 para cambiarlo. Javier, el chapista genio, enderezaba; Agustín revisaba la electricidad; Fran limpiaba y lijaba con nosotros; y a la noche, pizza para todo el equipo. Hasta llegaron las butacas nuevas.
El día a día del taller
Hubo de todo, como en cualquier obra que se hace con amor. La masilla que no secó porque le faltó fijador y hubo que limpiar todo de nuevo. El tren delantero original de una T1 de principios de los 60 que «se cayó» solo cuando lo estábamos sacando (pesadísimo, por cierto). El domingo que tocaba comprar pintura y jugaba Uruguay, así que estaba todo cerrado y el pincel «venía de la guerra». La pintura negra tipo brea en todo el frente, que le tocó a Eli. Las tortitas caseras y el mate para alimentar al chapista de turno. Los dedos cuadrados de los chicos de tanta lija. Y esa frase que repetíamos cada tarde mirándola: «ya va tomando color. Color esperanza».
¿Qué salió mal?
A veces el camino te va mostrando que no es por ahí. Surgieron diferencias en los objetivos y en lo que esperaba cada una de las familias. Lo conversamos, y finalmente no se llegó a un acuerdo. Así que decidimos volver a Argentina y empezar la búsqueda de nuevo. Nos dolió un montón, porque le pusimos muchísima energía. Pero esta no iba a ser la combi que nos acompañara hasta Alaska.
Lo que nos llevamos
De todo se aprende: aprendimos de chapa, de masilla, de fibra de vidrio, de burletes y de paciencia. Y confirmamos algo que ya sabíamos: no hay que estancarse en lo que no salió, hay que enfocarse en lo que uno quiere y darle para adelante, que siempre llega. La nuestra nos estaba esperando a la vuelta de la esquina, y de eso hablamos en el siguiente capítulo.
Si te perdiste cómo empezó esta historia: capítulo 1 y por qué no compramos la primera combi. Más historias de Uruguay en nuestro archivo de Uruguay.

